Sevilla es una batalla perdida que me niego a entender. Comprendo su idiosincrasia del toro de Sevilla, sus carteles «rematados» y su semana festiva de farolillos con Cayetano para turistas, feriantes y despistados de una tarde de toros. Todo está muy bien si la plaza luce hermosa y a rebosar. Ante eso no puedo discutir. Cada feria tiene lo suyo, sus propias miserias y servidumbres.
Alzo mi copa de vino y aplaudo a Emilio de Justo, torero grande, y recuperado gracias a la divina providencia, que no ha querido pasar por el aro, respetando su categoría, negándose a acudir de relleno a una plaza en la que por méritos propios debía tener un papel estelar. Admiro la decisión de los ganaderos de La Quinta, llevándose la corrida programada por no cumplir lo pactado en cuanto a rango y categoría.
Alzan la voz contra los mercaderes del toreo, que prostituyen nuestra fiesta en aras de unos intereses bastardos y a corto plazo, gente que no siembra y solo recoge. Es bueno que alguien se plante, aunque haya consecuencias.
Mientras nuestra fiesta, que es nuestra, no lo olviden, la controlen Matillas, Valencias y Productores Franceses es lo que nos toca vivir. Manzanares en un montón de tardes, sin cortar una oreja importante en los cinco últimos años, y Esaús, flexibles y baratos, quitando puestos a gente que sabe torear y se lo merece. Cayetano, si es verdad que se despide, lo doy por bien empleado.
Tenemos lo que nos merecemos, no me cabe la menor duda, y los toreros emergentes y con futuro, condenados a ver las ferias en la tv, porque tele habrá, no creo que el exceso de avaricia los haga perder ingresos. Estos recogen hasta las colillas del suelo.
Bien por Emilio, decir que no es de figurón del toreo. Y la plaza seguirá ahí, a pesar de los piratas del Guadalquivir que la regentan. Sevilla, Sevilla.